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Como todo
lo que sea cumbia y sobre todo lo que sea cumbia villera es unaexplesion
artistica , en estas paginas de cumbia villera no da mucho gusto brindar
a lo artistas de la movida tropical , una mano con su musica , ya que la
cumbia villera es la musica del pueblo y por lo tanto la musica de la
gente .
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pagina de musica tropical y cumbia
Cuando me muera
quiero que me toquen cumbia"
Extraido de la pagina:
http://www.elortiba.org/cumbiavi.html
Cuando me mueran quiero que me toquen
cumbia es un relato magistral de Cristian Alarcón, quien bajo la
influencia simultánea de
Rodolfo Walsh y Pedro
Lemebel reconstruye la vida y la muerte de los jóvenes lúmpenes del
conurbano bonaerense.
Cristian Alarcón, redactor de Página/12, fue distinguido en Nueva York
con el premio Samuel Chavkin a la integridad en periodismo, por su libro
Cuando me muera quiero que me toquen cumbia.
PROLOGO DEL LIBRO
Cuando llegué a la villa sólo sabía que en ese punto del conurbano
norte, a unas quince cuadras de la estación de San Fernando, tras un
crimen, nacía un nuevo ídolo pagano. Víctor Manuel "El Frente" Vital,
diecisiete años, un ladrón acribillado por un cabo de la Bonaerense
cuando gritaba refugiado bajo la mesa de un rancho que no tiraran, que
se entregaba, se convirtió entre los sobrevivientes de su generación en
un particular tipo de santo: lo consideraban tan poderoso como para
torcer el destino de las balas y salvar a los pibes chorros de la
metralla. Entre los trece y los diecisiete años el Frente rodaba al
tiempo que ganaba fama por su precocidad, por la generosidad con los
botines conseguidos a punta de revólveres calibre 32, por preservar los
viejos códigos de la delincuencia sepultados por la traición, y por ir
siempre al frente. La vida de Víctor Vital, su muerte, y las de los
sobrevivientes de las villas de esa porción del tercer cordón suburbano
–la San Francisco, las 25 de Mayo y La Esperanza–, son una incursión a
un territorio al comienzo hostil, desconfiado como una criatura golpeada
a la que se le acerca un desconocido. La invocación de su nombre fue
casi el único pasaporte para acceder a los estrechos caminos, a los
pequeños territorios internos, a los secretos y las verdades veladas, a
la intensidad que se agita y bulle con ritmo de cumbia en esa zona que
de lejos parece un barrio y de cerca es puro pasillo.
Quizás hubiera sido mejor revelar la identidad de un asesino, la
mecánica de un fusilamiento, un mensaje de la mafia, la red de poder de
un policía corrupto, un crimen pasional cometido con una faca bien
afilada. Detrás de cada uno de los personajes se podría ejercer la
denuncia, seguir el rastro de la verdad jurídica, lo que los abogados
llaman "autor del delito" y el periodismo, "pruebas de los hechos". Pero
me vi un día intentando torpemente respetar el ritmo bascular de los
chicos ladrones de San Fernando, sentado durante horas en la misma
esquina viendo cómo jugaban al fútbol y sancionaban a las patadas al mal
zaguero central. Me vi sumergido en otro tipo de lenguaje y de tiempo,
en otra manera de sobrevivir y de vivir hasta la propia muerte. Conocí
la villa hasta llegar a sufrirla.
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